Educar en un mundo que está confuso exige, necesariamente, actitudes y políticas de distanciamiento para huir sobre todo de las soluciones basadas en los prejuicios, que no tienden sino a agudizar las situaciones de crisis.
Las propuestas destinadas a mermar la igualdad de oportunidades están destinadas al fracaso.
Por su cercanía y vinculación con la cultura, un ámbito severamente afectado es la educación, hasta el punto de haberse generado una sensación, nunca antes conocida en el mundo educativo, que el pensador catalán Salvador Cardús ha definido en un reciente libro como "el desconcierto.
Nos vemos impelidos a seguir las reglas que imperan en el medio social en el cual nos desenvolvemos".Si hacemos un esfuerzo de abstracción con respecto a las discrepancias que desde el punto de vista autonómico, legal, organizativo, económico o político ya se han puesto de manifiesto, tal vez podamos identificar mejor los argumentos que están en la base de la propuesta ministerial.Tal vez por aquello de que hay mentiras, grandes mentiras y estadísticas, mejor será no recurrir a estas últimas.En aquel curso, sólo el 83 del alumnado de 16 años seguía en las aulas, frente al 100 actual y, sin embargo, los resultados académicos, en niveles equivalentes al graduado en secundaria, fueron notablemente inferiores.No conviene idealizar escenarios muy distintos del actual.Pero todos estos esfuerzos persiguen, necesariamente, la forma de adaptar nuestros sistemas y prácticas educativas para acomodar tales diferencias, y no el objetivo de erigir una cultura educativa basada sólo, ni fundamentalmente, en las potencialidades de los grupos más favorecidos.A comienzos del presente siglo Emile Durkheim, uno de los clásicos de la pedagogía francesa, escribía lo siguiente : "Es del todo vano creer que educamos a nuestros hijos según nuestros deseos.La crisis cultural ligada al desarrollo de la sociedad de masas no constituye sino una de las expresiones de la crisis más general que provoca la modernidad y atañe a distintas esferas de nuestra vida cotidiana.Ya es tiempo de reconocer, sin rubor, que la enfermedad fundamental que afecta a la educación es la pérdida de la autoridad.Precisamente, para estos últimos, la enseñanza obligatoria no tiene, por lo general, un sentido finalista, tanto menos cuando la propia unesco se ha ocupado de insistir en que "la educación durante toda la vida se presenta como una de las llaves de acceso al siglo.
Solamente si conseguimos devolver a la escuela y a los docentes la autoridad que todos hemos contribuido a erosionar, si es necesario autonomizando ciertas leyes de la escuela respecto de las de la sociedad en general, podremos aspirar a mejorar el nivel de instrucción.




La cuestión no consiste en dilucidar el número de contenidos a impartir, sino en garantizar las mejores condiciones para su impartición.Por su naturaleza, la institución educativa no puede abdicar de la autoridad, entendida como reconocimiento social, ni convivir con su automática consecuencia, el quebranto del orden.En otras palabras, que va produciéndose una degradación del título de Graduado en Secundaria, consecuencia de la pérdida general de conocimientos y un consiguiente menor nivel de exigencia en secundaria.Alfonso Unceta Satrustegui es profesor de Sociología y viceconsejero de Educación del Gobierno Vasco.Obviada la cuestión de la movilidad, pueden reducirse esencialmente a dos : el bajo nivel de conocimientos del alumnado y el alto porcentaje de fracaso escolar.Esta última melhores videos de sexo online hipótesis nos acerca más al problema real, y puede resultar instructivo tratar de analizarla.Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 4 de diciembre de 2000.La educación artística, musical, tecnológica o el aprendizaje de varios idiomas forman parte de los objetivos y contenidos de la educación obligatoria actual.



Pero ello, lógicamente, implica una redistribución de la carga horaria y de la cantidad de contenidos a impartir en cada materia.
Esta primera entrega se concreta en un incremento testimonial de la carga horaria en tres materias y la disminución de la misma en otras dos, la unificación y concreción de los contenidos, curso a curso, en la ESO y el bachillerato, junto a la desaparición.

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